La ciudad sigue moviéndose a un ritmo que resulta absurdo para este abrazo detenido.

Siempre me pregunté a dónde van todos tan apurados, a paso frenético, distraídos, perdiéndose. A dónde van todos mientras yo aún me busco.

Una despedida más es, también, una despedida menos. Quizás sea por eso que las sobrevivimos. Soportamos la espera porque las esperas terminan, y quizás lo que queremos está al final. Un final que nos permita empezarnos de nuevo.

Se llora cuando se pierde, pero también cuando se deja ir. Y el camino enseña que dejar ir es inevitable si se quiere tener algo para siempre.

Aprendí a soltar porque es la única forma de entender que querer de verdad y profundamente, no es necesitar. Nunca es necesitar. 

No se pierde nada que haya logrado conmovernos. Hay una raíz, un lazo, una fusión. Por eso cuido tanto mis emociones, porque para no perder hay que saber guardar.

Veamos más allá de lo que pueden ver unos ojos livianos y cansados, paradójicamente sumergidos en la superficialidad cotidiana. Veamos el porqué y quizás logremos ver el hasta cuando.

Si hay un infinito, deberíamos buscarlo en la magia de dos manos encontrándose.

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