Colgaba el teléfono luego de comentarle a un cliente que “no pude ver el tema por que he estado toda la semana pasada fuera de la ciudad”. Las mentiras de ese tipo en mi profesión son cosas de todo el día, todos los días. Supongo que en las de todos. A punta de mentiras irrelevantes me voy ganando el infierno poco a poco. En fin.

Ese punto motivó la conversación. Y mi compañero me contaba que él tambien le miente a los clientes, le miente a su flaca e incluso le miente a su madre, pero sólo en temas de chamba.

– A ella siempre le he dicho la verdad – dijo – “¿Dónde has estado?”, preguntaba mi vieja y yo le respondía, “en la casa de fulanito”. No me gusta que estes ahí, me jodía mi vieja, pero que jod.. pues, ahí es donde estuve. Igual cuando me preguntaba a que hora llegué. “A las seis” le decía. Me puteaba pero a esa hora llegué, pues. ¿Qué le voy a decir? ¿Para qué le voy a mentir? En ese aspecto siempre he sido…”

-¿Sincero? – intenté completar yo.
-No, conchudo – me respondió con una sonrisa.

Me quedé pensando en la delgada línea que separa la sinceridad de la conchudez.

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