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Élla me dijo solo dos palabras via telefonica: te extraño. Yo le contesté con otras dos: yo también.

Todo lo que no dijimos estaba allí envasado en esas dieciocho letras, nueve de ida y nueve de vuelta.

No se necesitaba decir más, todo lo otro hubiera sobrado. Eso era lo único que importaba.

La necesidad del otro que se te pega de pronto en la mirada y sin saber por qué te parece verla asomarse por distintos lugares, como jugando una escondida tenebrosa, acechando una espera que no sé sabe cuándo terminará.

Podría haberme pasadohoras de horas diciendole todo lo que sentía, lo que pasaba día tras día, mis deseos, mis sueños con élla, mis despertar ilusionado de encontrarla a mi lado, mis ganas de que no sea el presente el que me muestre su ausencia.

Podría haberle dicho de mi absurdo tiempo gastado en trabajo y trabajo, de mi impulso inconsciente de anestesiar el sentimiento que corroe por dentro, de buscar desesperadamente el cansancio que hace que la mente solo tenga espacio para el descanso, de enterrarme en el devenir de las horas-hombre.

Podría haberle contado del continúo transitar por días iguales a los otros, de que me levanto muy temprano aún cuando el sol no entibia, de que enfrento miles de decisiones, llamados de celulares que detesto, compromisos sociales agotadores, reuniones banales, citas atemporales con mujeres efímeras.

Pero nada tiene sentido, sólo dos palabras y nueve letras, sólo su necesidad que es tan fuerte como la mía, sólo élla tiene sentido en mi vida.

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